lunes, 8 de noviembre de 2010

Érase una vez

Acércate. No tengas miedo de este pobre anciano. Te contaré una historia.

Érase una vez una torre tan alta, que los que vivían en sus alrededores creían que llegaba hasta el mismo cielo. En una de esas casas, durante muchos años, vivió una niña pequeña. Tenía el pelo largo y muy brillante. La belleza de su tierna sonrisa era sólo comparable con su curiosidad y sus ganas de aprender.

Una mañana le preguntó a su madre qué había al final de la torre. “Nada hija mía, no pienses más en ello”. Y por un tiempo no volvió a hablar del tema. Pero cada día que pasaba la veía a lo lejos. Y se preguntaba si de verdad llevaba al cielo y cómo sería vivir allí.

Finalmente, convenció a sus amigos para ir todos juntos y explorar la torre. Cuando llegaron descubrieron que la puerta estaba cerrada. Así que se escondieron tras unos cuantos árboles y esperaron a que se abriera. Esperaron y esperaron pero llegó la noche y la puerta no se abrió. Todos estaban muy cansados y querían volver a sus casas. Todos menos ella. Estaba muy decepcionada. Pensó que algo ocurriría, pero no fue así. Con mucho sueño regresaron a sus camas y decidieron no volver. Pero la pequeña no podía dejar de pensar en ello.

Debía haber alguna manera de entrar. Algo habían hecho mal. Día tras día se le ocurrían nuevas ideas. Día tras día, caminaba sola hasta la torre y regresaba en la noche. Con el tiempo se olvidó de sus amigos. No paraba de pensar en lo bien que lo pasaría cuando estuviera en el cielo. Lo demás ya no importaba. La comida de su madre dejó de tener aroma. La luz del sol dejó de tener color. La esencia de la vida dejó de tener sabor. Lo único que realmente importaba era entrar en esa torre.

Pero un buen día, mientras esperaba tras uno de los árboles, un señor muy mayor se acercó a la puerta. Sacó la llave de entre uno de sus bolsillos y entró en la torre. Antes de que ésta se cerrara, corrió con todas sus fuerzas y consiguió entrar. Pero no encontró lo que se esperaba.

El interior de la torre era como una habitación cualquiera, con mesas, sillas y estanterías con libros. Sin embargo, esta habitación no tenía techo, pero no había ninguna escalera hacia el cielo, sólo oscuridad. La pequeña, indignada, se acercó al hombre: “Señor, ¿dónde está el camino al cielo?” Y el hombre mayor, sorprendido, contestó: “Lo tienes justo encima de ti, pequeña. Pero para poder ir tienes que desearlo con todas tus fuerzas. Sin embargo, debo advertirte de que una vez que emprendas tu viaje, no habrá vuelta atrás. Tienes que decidir: quedarte y disfrutar de lo que tienes, o dejarlo todo y nunca más volver.”

Pero la niña ya había tomado la decisión mucho tiempo atrás. No le importaba abandonar todo lo que tenía porque ya no lo quería. Lo que quería era ir al cielo, pese a no saber qué se encontraría allí. Poco a poco, comenzó a elevarse. Subió y subió hasta desaparecer en las alturas del interior de la torre. Y cuando todo era oscuridad, abrió los ojos. Y vio un nuevo mundo en el que la gente era mala. Vio un nuevo mundo en el que era casi imposible tener amigos de verdad, como los muchos que una vez tuvo. Contempló la crueldad de su nuevo mundo, pero no pudo compararlo al anterior, porque lo había olvidado todo.

El lugar de donde había venido era el verdadero cielo. Pero para ella dejó de ser perfecto. No fue capaz de valorar lo que realmente tenía. En lugar de eso, se había enamorado de la idea de lo que podía llegar a ser aquel mundo al otro lado de la torre. Aquel nuevo mundo con el que soñaba cada día. Pero una vez allí, no había vuelta atrás. Y ese mundo, se llamaba Tierra. Y aquella niña pequeña, eres tú.

Tal vez el cielo no exista. Tal vez, sólo sea una idea. Tal vez, sólo sea un sueño. O tal vez, ya estamos en el cielo. ¿Vas a quedarte a disfrutarlo, o lo arriesgarás todo para nunca volver?