martes, 20 de diciembre de 2011

Sigue soñando

El ruido sordo de unas pisadas cautelosas deja atrás un corto camino desde la puerta entornada. La cálida luz entra desde la otra habitación pero no avanza mucho más allá del umbral. El interior se dibuja con sombras azules y el claro plateado de la luz de luna. Los ojos de aquel hombre le apuntan sin que él se dé ni cuenta.

“Hoy has fallado. He visto cómo lo intentabas, con todas tus fuerzas. Pero no ha sido suficiente. Has caído, frente a los ojos de los demás. Y te han seguido las lágrimas, muestra de tu debilidad. Pero no he venido a recordarte tu error, sino a prevenirte de que muchos más están por venir. No obstante sé, que algún día, te levantarás, y mirarás hacia atrás. Te darás cuenta de dónde estás, y de lo que has aprendido para poder llegar ahí. Te darás cuenta de lo importante que es confiar en uno mismo. Ese día algo en ti habrá cambiado. Ese día, por fin,  lo habrás logrado, y sé, que no te detendrás. No lo hagas. No te detengas. Sigue hacia adelante. Imagina que vuelas y surca los cielos. Siente la brisa rozar tus mejillas. No permitas que nadie corte las alas de tu imaginación. Y antes de haberte dado cuenta, todo habrá empezado. Escucha a tu instinto y cree en él. Sigue el sentido que éste te indique cuando los otros cinco te fallen. Y vuela, no pares de volar. Asciende y crece, elévate y sé libre. Y cuando llegues, disfruta por un segundo de su sabor, porque  el cielo no le pertenece a nadie. Yo creo en ti, y sé que ese día llegará. Te lo prometo. Pero hasta entonces, sigue soñando.”

Se acerca un poco más y al colocarle la manta nota su suave respiración. El pequeño se da la vuelta mientras duerme. Parece feliz, y eso le reconforta. Se aleja con el mismo cuidado con el que entró y cierra lentamente la puerta. El niño no ha escuchado aquellas palabras, ni hubiera podido entenderlas, pero algún día las cumplirá. Ahora, sin embargo, sigue dormido, sigue soñando.

viernes, 5 de agosto de 2011

Megalomanía

Hoy las cosas no salen según lo planeado. Promesas que se desinflan por unos cuantos céntimos más. Quienes deben sonreír y acomodar, lo exigen en su lugar para ellos mismos. Lealtad traspasada a otro rostro: el impreso sobre el billete.

Y los días pasan. Las quejas resbalan sobre sus oídos como la lluvia sobre la acera. Las súplicas les suenan a demandas; las indemnizaciones, a ultrajes; la desesperación y la impotencia, a locura.

Y cuanto más agachamos la cabeza rogando ser atendidos, más se empina su barbilla. Ya no hay compasión ni solidaridad, ha sido intercambiado por el ego y el orgullo. Ya no somos cliente, sólo somos: “el siguiente”.

¿Es así como acaba todo? ¿Es éste el servicio que merecemos, a partir de ahora? ¿Dónde quedó la atención y la devoción al consumidor? Probablemente también fueron arrojadas al retrete cuando decidieron limpiarse con nuestra dignidad.

Pero quejarse nunca sirvió de nada. Se apoyan en nuestra ignorancia y lo que ellos ignoran es que también podamos aprender a ignorar. Hacen que nos sintamos vacíos al derramar nuestros derechos, pero les dejaremos bien derechos al dejar el siguiente asiento vacío.

Podemos sentirnos imbéciles al sentirnos abofeteados, pero realmente lo seremos si permitimos que vuelva a suceder. Abre bien los ojos la próxima vez. Si puedes evitar pasar por lo mismo, hazlo.

El respeto que procuran es el que merecen.