El ruido sordo de unas pisadas cautelosas deja atrás un corto camino desde la puerta entornada. La cálida luz entra desde la otra habitación pero no avanza mucho más allá del umbral. El interior se dibuja con sombras azules y el claro plateado de la luz de luna. Los ojos de aquel hombre le apuntan sin que él se dé ni cuenta.
“Hoy has fallado. He visto cómo lo intentabas, con todas tus fuerzas. Pero no ha sido suficiente. Has caído, frente a los ojos de los demás. Y te han seguido las lágrimas, muestra de tu debilidad. Pero no he venido a recordarte tu error, sino a prevenirte de que muchos más están por venir. No obstante sé, que algún día, te levantarás, y mirarás hacia atrás. Te darás cuenta de dónde estás, y de lo que has aprendido para poder llegar ahí. Te darás cuenta de lo importante que es confiar en uno mismo. Ese día algo en ti habrá cambiado. Ese día, por fin, lo habrás logrado, y sé, que no te detendrás. No lo hagas. No te detengas. Sigue hacia adelante. Imagina que vuelas y surca los cielos. Siente la brisa rozar tus mejillas. No permitas que nadie corte las alas de tu imaginación. Y antes de haberte dado cuenta, todo habrá empezado. Escucha a tu instinto y cree en él. Sigue el sentido que éste te indique cuando los otros cinco te fallen. Y vuela, no pares de volar. Asciende y crece, elévate y sé libre. Y cuando llegues, disfruta por un segundo de su sabor, porque el cielo no le pertenece a nadie. Yo creo en ti, y sé que ese día llegará. Te lo prometo. Pero hasta entonces, sigue soñando.”
Se acerca un poco más y al colocarle la manta nota su suave respiración. El pequeño se da la vuelta mientras duerme. Parece feliz, y eso le reconforta. Se aleja con el mismo cuidado con el que entró y cierra lentamente la puerta. El niño no ha escuchado aquellas palabras, ni hubiera podido entenderlas, pero algún día las cumplirá. Ahora, sin embargo, sigue dormido, sigue soñando.