Hoy las cosas no salen según lo planeado. Promesas que se desinflan por unos cuantos céntimos más. Quienes deben sonreír y acomodar, lo exigen en su lugar para ellos mismos. Lealtad traspasada a otro rostro: el impreso sobre el billete.
Y los días pasan. Las quejas resbalan sobre sus oídos como la lluvia sobre la acera. Las súplicas les suenan a demandas; las indemnizaciones, a ultrajes; la desesperación y la impotencia, a locura.
Y cuanto más agachamos la cabeza rogando ser atendidos, más se empina su barbilla. Ya no hay compasión ni solidaridad, ha sido intercambiado por el ego y el orgullo. Ya no somos cliente, sólo somos: “el siguiente”.
¿Es así como acaba todo? ¿Es éste el servicio que merecemos, a partir de ahora? ¿Dónde quedó la atención y la devoción al consumidor? Probablemente también fueron arrojadas al retrete cuando decidieron limpiarse con nuestra dignidad.
Pero quejarse nunca sirvió de nada. Se apoyan en nuestra ignorancia y lo que ellos ignoran es que también podamos aprender a ignorar. Hacen que nos sintamos vacíos al derramar nuestros derechos, pero les dejaremos bien derechos al dejar el siguiente asiento vacío.
Podemos sentirnos imbéciles al sentirnos abofeteados, pero realmente lo seremos si permitimos que vuelva a suceder. Abre bien los ojos la próxima vez. Si puedes evitar pasar por lo mismo, hazlo.
El respeto que procuran es el que merecen.