Una mujer está sentada con los
ojos cerrados frente al extremo de una larga mesa rectangular cuya superficie
se oscurece gradualmente hasta desaparecer entre sombras. Un paso más atrás, y
a cada lado, permanecen de pie dos hombres vestidos con elegantes trajes negros
que ocultan sus miradas con discretas gafas de sol. Sus brazos penden estirados
y se unen al final sobreponiendo una mano sobre la otra. Ellos esperan mientras
los ojos de la mujer se agitan bajo los párpados. La tenue luz no alcanza esas pupilas,
pero su visión va mucho más allá de los límites de aquella habitación y de
aquel momento.
Coloca las manos sobre la mesa y
comienza a hablar. Explica que puede ver un mundo maravilloso. Un mundo sin
conflictos. Este mundo rebosa amor e inteligencia. Es un mundo sin luchas políticas
donde el diálogo es posible. La religión ya no existe. La tecnología cuida de
las necesidades humanas y también de la naturaleza. Los derechos de las
personas se respetan. Los prejuicios contra la raza, el idioma y las costumbres
se han intercambiado por la libertad de expresión y pensamiento. El único
límite es el de no perturbar el bienestar y la integridad de los demás.
Cuando ella ha terminado uno de
los hombres asiente y el otro interviene.
- ¿Y todo esto se cumplirá sólo tras la
comercialización del último invento? – Ella abre los ojos y le apunta con
ellos.
- Exacto. Este invento es la clave que revolucionará
nuestro mundo.
El hombre que preguntó asiente y
su compañero desenfunda una pistola y dispara a la mujer en la nuca.
Un pequeño reguero de sangre
avanza formando curvas sobre el material de la mesa y se dirige lentamente
hacia el extremo más oscuro. Segundos después se escucha la prominente voz de la
persona que había estado oculta entre sombras frente a aquel extremo.
- No podemos permitir que el mundo prospere sin
ser nosotros los que tengamos el control. Habéis hecho lo correcto. Deshaceos
del cadáver. Yo me encargaré del resto.