martes, 31 de diciembre de 2013

El futuro frente a mí

Una mujer está sentada con los ojos cerrados frente al extremo de una larga mesa rectangular cuya superficie se oscurece gradualmente hasta desaparecer entre sombras. Un paso más atrás, y a cada lado, permanecen de pie dos hombres vestidos con elegantes trajes negros que ocultan sus miradas con discretas gafas de sol. Sus brazos penden estirados y se unen al final sobreponiendo una mano sobre la otra. Ellos esperan mientras los ojos de la mujer se agitan bajo los párpados. La tenue luz no alcanza esas pupilas, pero su visión va mucho más allá de los límites de aquella habitación y de aquel momento.

Coloca las manos sobre la mesa y comienza a hablar. Explica que puede ver un mundo maravilloso. Un mundo sin conflictos. Este mundo rebosa amor e inteligencia. Es un mundo sin luchas políticas donde el diálogo es posible. La religión ya no existe. La tecnología cuida de las necesidades humanas y también de la naturaleza. Los derechos de las personas se respetan. Los prejuicios contra la raza, el idioma y las costumbres se han intercambiado por la libertad de expresión y pensamiento. El único límite es el de no perturbar el bienestar y la integridad de los demás.

Cuando ella ha terminado uno de los hombres asiente y el otro interviene.

 - ¿Y todo esto se cumplirá sólo tras la comercialización del último invento? – Ella abre los ojos y le apunta con ellos.
 -  Exacto. Este invento es la clave que revolucionará nuestro mundo.

El hombre que preguntó asiente y su compañero desenfunda una pistola y dispara a la mujer en la nuca.
Un pequeño reguero de sangre avanza formando curvas sobre el material de la mesa y se dirige lentamente hacia el extremo más oscuro. Segundos después se escucha la prominente voz de la persona que había estado oculta entre sombras frente a aquel extremo.

 -  No podemos permitir que el mundo prospere sin ser nosotros los que tengamos el control. Habéis hecho lo correcto. Deshaceos del cadáver. Yo me encargaré del resto.

domingo, 11 de marzo de 2012

Dentro del armario

La cantidad de agua que sale de la ducha se convierte en el eco de un pobre goteo intermitente. La habitación contigua es espaciosa y acogedora: moqueta de color suave; cama de tamaño queen size de sábanas blancas alborotadas; mesitas de noche a cada lado, sobre los que descansan un moderno equipo de sonido y el mando a distancia del televisor digital de pantalla plana colgado sobre la pared de enfrente; un escritorio situado en frente del amplio ventanal y un largo armario de dos puertas fabricado en madera oscura barnizada.

Hoy es un día como cualquier otro.

Sale del baño con naturalidad. Viste unos zapatos oscuros, pantalones de traje de color azul marino con delgadas líneas verticales más apagadas, y una camisa azul pastel de tono suave con cuello rígido. A veces los detalles pasan desapercibidos. Pero siempre son importantes.

Si hoy consigue cerrar el trato con los directivos se habrá ganado una cuantiosa comisión.

Abre el armario de par en par y clava la mirada en su reflejo sobre el alto espejo que cuelga del interior de una de ellas. Su apariencia es impecable. Ningún elemento, por pequeño que sea, está así por azar.

 “Así es como debe de ser.”

Sin perderse de vista, alcanza una de las corbatas que penden de una de las innumerables perchas. Levanta el cuello de la camisa y comienza con el nudo. Nada puede interrumpir este ritual. Ni siquiera la joven que está atada de pies y brazos sobre una silla, amordazada con un pañuelo retorcido de marca, y escondida entre chaquetas.

Tiene magulladuras, arañazos y contusiones por todo el cuerpo. Sus lágrimas han empañado el rímel y lo han mezclado con la sangre seca de su nuevo maquillaje. Se revuelve y se agita con terror puro inyectado en sus pupilas. Trata de moverse, pero no lo consigue. Trata de gritar, pero casi no puede escuchar su propio llanto. Un instante de rabia después se da por vencida. Trata de morir, pero no basta con pensarlo.

El cuello de la camisa desciende y el nudo se ajusta. Estira el brazo y se hace con la chaqueta que es pareja de aquellos pantalones. Observa su reflejo con la americana superpuesta frente a su torso. Es la adecuada. Sin desviar la mirada, extrae la percha de su interior y la arroja con desgana contra la joven. Le agrada verse con ella puesta.

Cierra el armario, coge el maletín y las llaves del coche. Abandona el edificio con tranquilidad y sin mirar atrás. ¿Por qué iba a ser de otra manera? Después de todo…

Hoy es un día como cualquier otro.

martes, 20 de diciembre de 2011

Sigue soñando

El ruido sordo de unas pisadas cautelosas deja atrás un corto camino desde la puerta entornada. La cálida luz entra desde la otra habitación pero no avanza mucho más allá del umbral. El interior se dibuja con sombras azules y el claro plateado de la luz de luna. Los ojos de aquel hombre le apuntan sin que él se dé ni cuenta.

“Hoy has fallado. He visto cómo lo intentabas, con todas tus fuerzas. Pero no ha sido suficiente. Has caído, frente a los ojos de los demás. Y te han seguido las lágrimas, muestra de tu debilidad. Pero no he venido a recordarte tu error, sino a prevenirte de que muchos más están por venir. No obstante sé, que algún día, te levantarás, y mirarás hacia atrás. Te darás cuenta de dónde estás, y de lo que has aprendido para poder llegar ahí. Te darás cuenta de lo importante que es confiar en uno mismo. Ese día algo en ti habrá cambiado. Ese día, por fin,  lo habrás logrado, y sé, que no te detendrás. No lo hagas. No te detengas. Sigue hacia adelante. Imagina que vuelas y surca los cielos. Siente la brisa rozar tus mejillas. No permitas que nadie corte las alas de tu imaginación. Y antes de haberte dado cuenta, todo habrá empezado. Escucha a tu instinto y cree en él. Sigue el sentido que éste te indique cuando los otros cinco te fallen. Y vuela, no pares de volar. Asciende y crece, elévate y sé libre. Y cuando llegues, disfruta por un segundo de su sabor, porque  el cielo no le pertenece a nadie. Yo creo en ti, y sé que ese día llegará. Te lo prometo. Pero hasta entonces, sigue soñando.”

Se acerca un poco más y al colocarle la manta nota su suave respiración. El pequeño se da la vuelta mientras duerme. Parece feliz, y eso le reconforta. Se aleja con el mismo cuidado con el que entró y cierra lentamente la puerta. El niño no ha escuchado aquellas palabras, ni hubiera podido entenderlas, pero algún día las cumplirá. Ahora, sin embargo, sigue dormido, sigue soñando.

viernes, 5 de agosto de 2011

Megalomanía

Hoy las cosas no salen según lo planeado. Promesas que se desinflan por unos cuantos céntimos más. Quienes deben sonreír y acomodar, lo exigen en su lugar para ellos mismos. Lealtad traspasada a otro rostro: el impreso sobre el billete.

Y los días pasan. Las quejas resbalan sobre sus oídos como la lluvia sobre la acera. Las súplicas les suenan a demandas; las indemnizaciones, a ultrajes; la desesperación y la impotencia, a locura.

Y cuanto más agachamos la cabeza rogando ser atendidos, más se empina su barbilla. Ya no hay compasión ni solidaridad, ha sido intercambiado por el ego y el orgullo. Ya no somos cliente, sólo somos: “el siguiente”.

¿Es así como acaba todo? ¿Es éste el servicio que merecemos, a partir de ahora? ¿Dónde quedó la atención y la devoción al consumidor? Probablemente también fueron arrojadas al retrete cuando decidieron limpiarse con nuestra dignidad.

Pero quejarse nunca sirvió de nada. Se apoyan en nuestra ignorancia y lo que ellos ignoran es que también podamos aprender a ignorar. Hacen que nos sintamos vacíos al derramar nuestros derechos, pero les dejaremos bien derechos al dejar el siguiente asiento vacío.

Podemos sentirnos imbéciles al sentirnos abofeteados, pero realmente lo seremos si permitimos que vuelva a suceder. Abre bien los ojos la próxima vez. Si puedes evitar pasar por lo mismo, hazlo.

El respeto que procuran es el que merecen.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La búsqueda del Tesoro

- ¡Todo a babor! A tanta lluvia no hay quien vea. Furia de Dioses es esta marea. ¡Cien azotes al que no me crea! Haced lo que digo, ¡maldita sea!

- ¡No, Capitán! Por favor, ha de escucharme. Que aunque mil gotas del cielo han de empaparme y su látigo he de sufrir por revelarme, no puedo, sin más, retirarme.

- Has de estar loco al desafiarme. Sin duda tu consciencia está muerta. Recluirte y tirar la llave es lo que haré tras cerrar la puerta. ¡O escapamos de la tormenta o decidle adiós a la cubierta!

- ¡Retirarnos del trayecto significa decirle adiós a nuestro proyecto! Nuestro viaje, hasta el momento, ha sido siempre perfecto. Vivimos mil aventuras hasta encontrar el mapa correcto. Capitán, hágame caso y mantenga el barco recto.

- Condenado iluso, ¿todavía sueñas con el oro? ¿No te has preguntado antes si es real este tesoro? Todos siguen mis mandatos, los dirijo como a un coro. Aquí tú eres el único que no repite como un loro. ¿Y todo por qué? ¿Por qué luchas? ¿Qué te apena? ¿Es esto todo por culpa de la sirena?

- De verdad o de mentira, al menos la razón es buena.

- Alterado muchacho, en tus oídos su canción suena. Te imaginas su belleza tendida sobre la arena.

- ¿Y qué pasa, Capitán, si es ese mi deseo? Poner fin a tanta vuelta y concluir el rodeo. Muchos días, muchas noches, trabajando sin aseo. ¿Sudar este sudor y transformarlo en escaqueo? Que te aterra su figura, claramente, es lo que creo.  Asfixiar a esta medusa, poner fin a su recreo. Y cortarle la cabeza como antes lo hizo Perseo.

- Pon cuidado a tus palabras, si un motín vas a entablar. Tres segundos y mi sable tu cabeza harán rodar.

- No lo niegues, no lo ocultes, ¿a quién quieres engañar? La sirena no te llena, pues tu amor es hacia el mar. Temes encontrarla ahora, pues si su mirada te enamora, se acabó tu navegar.

- Las agallas bien las tienes, no lo voy a negar. Detenerme en una isla no lo quiero imaginar. Mar arriba, mar abajo, cada islote visitar. Tengo en mente esta utopía antes que aprender a andar.

- Con respeto y con estima, no comparto su opinión. Sirena, isla o cima, todo es la misma canción. Lo importante en nuestras vidas no es rebotar sin detención. Ni esperar con agonía hasta el último escalón. Disfrutar del paraíso, disfrutar con devoción, de la isla de tus sueños, la que arropa al corazón. Y si para encontrarla debo seguir esta dirección, suplicarle que me ayude no está fuera de razón.

- Imprudente loco de agua dulce, tus frases me han hecho pensar. Sumas, restas de otro cauce que mi amor ha de esquivar. Somos almas de otro mundo, no te puedo doblegar, ni imponerte con azotes mi manera de pensar. El destino es un sarcasmo y no se puede controlar. Si amar quieres y sentirte amado adquieres, quiere a tu amada con querer de quereres, pues es tan suyo sentir el temor a perderte como decidir si sí o si no hasta la muerte quererte.

- Mi fantasía no pretende ofenderte ni reprenderte. Tal vez, en otro tiempo, hubiera podido entenderte.

- Tus deseos, soñador, sostenlos fuerte, pues si tu esperanza había hallado muerte, me creas o no, eres un hombre con suerte: en esta tempestad traspasan de tu isla sus reflejos, sin usar el catalejo juro avistarla a lo lejos.

- ¿Cuál será pues, su decisión, Capitán Alejo? ¿Sonreírle al destino y la tormenta con fuerza aguantar, para conservar lo que acabamos de encontrar? ¿O huir, correr, continuar, a otra búsqueda navegar, nunca en detenerse pensar, izar velas, para de nuevo, zarpar?

lunes, 8 de noviembre de 2010

Érase una vez

Acércate. No tengas miedo de este pobre anciano. Te contaré una historia.

Érase una vez una torre tan alta, que los que vivían en sus alrededores creían que llegaba hasta el mismo cielo. En una de esas casas, durante muchos años, vivió una niña pequeña. Tenía el pelo largo y muy brillante. La belleza de su tierna sonrisa era sólo comparable con su curiosidad y sus ganas de aprender.

Una mañana le preguntó a su madre qué había al final de la torre. “Nada hija mía, no pienses más en ello”. Y por un tiempo no volvió a hablar del tema. Pero cada día que pasaba la veía a lo lejos. Y se preguntaba si de verdad llevaba al cielo y cómo sería vivir allí.

Finalmente, convenció a sus amigos para ir todos juntos y explorar la torre. Cuando llegaron descubrieron que la puerta estaba cerrada. Así que se escondieron tras unos cuantos árboles y esperaron a que se abriera. Esperaron y esperaron pero llegó la noche y la puerta no se abrió. Todos estaban muy cansados y querían volver a sus casas. Todos menos ella. Estaba muy decepcionada. Pensó que algo ocurriría, pero no fue así. Con mucho sueño regresaron a sus camas y decidieron no volver. Pero la pequeña no podía dejar de pensar en ello.

Debía haber alguna manera de entrar. Algo habían hecho mal. Día tras día se le ocurrían nuevas ideas. Día tras día, caminaba sola hasta la torre y regresaba en la noche. Con el tiempo se olvidó de sus amigos. No paraba de pensar en lo bien que lo pasaría cuando estuviera en el cielo. Lo demás ya no importaba. La comida de su madre dejó de tener aroma. La luz del sol dejó de tener color. La esencia de la vida dejó de tener sabor. Lo único que realmente importaba era entrar en esa torre.

Pero un buen día, mientras esperaba tras uno de los árboles, un señor muy mayor se acercó a la puerta. Sacó la llave de entre uno de sus bolsillos y entró en la torre. Antes de que ésta se cerrara, corrió con todas sus fuerzas y consiguió entrar. Pero no encontró lo que se esperaba.

El interior de la torre era como una habitación cualquiera, con mesas, sillas y estanterías con libros. Sin embargo, esta habitación no tenía techo, pero no había ninguna escalera hacia el cielo, sólo oscuridad. La pequeña, indignada, se acercó al hombre: “Señor, ¿dónde está el camino al cielo?” Y el hombre mayor, sorprendido, contestó: “Lo tienes justo encima de ti, pequeña. Pero para poder ir tienes que desearlo con todas tus fuerzas. Sin embargo, debo advertirte de que una vez que emprendas tu viaje, no habrá vuelta atrás. Tienes que decidir: quedarte y disfrutar de lo que tienes, o dejarlo todo y nunca más volver.”

Pero la niña ya había tomado la decisión mucho tiempo atrás. No le importaba abandonar todo lo que tenía porque ya no lo quería. Lo que quería era ir al cielo, pese a no saber qué se encontraría allí. Poco a poco, comenzó a elevarse. Subió y subió hasta desaparecer en las alturas del interior de la torre. Y cuando todo era oscuridad, abrió los ojos. Y vio un nuevo mundo en el que la gente era mala. Vio un nuevo mundo en el que era casi imposible tener amigos de verdad, como los muchos que una vez tuvo. Contempló la crueldad de su nuevo mundo, pero no pudo compararlo al anterior, porque lo había olvidado todo.

El lugar de donde había venido era el verdadero cielo. Pero para ella dejó de ser perfecto. No fue capaz de valorar lo que realmente tenía. En lugar de eso, se había enamorado de la idea de lo que podía llegar a ser aquel mundo al otro lado de la torre. Aquel nuevo mundo con el que soñaba cada día. Pero una vez allí, no había vuelta atrás. Y ese mundo, se llamaba Tierra. Y aquella niña pequeña, eres tú.

Tal vez el cielo no exista. Tal vez, sólo sea una idea. Tal vez, sólo sea un sueño. O tal vez, ya estamos en el cielo. ¿Vas a quedarte a disfrutarlo, o lo arriesgarás todo para nunca volver?

sábado, 9 de octubre de 2010

La espera

Hay mucha gente en la plaza y hace un poco de frío, pero yo apenas lo noto. Apoyado sobre mi espalda en uno de los edificios mantengo mi mirada perdida en el suelo. Juego con mis manos en los bolsillos para intentar distraerme. Trato de recordarla. Todos parecen saber a dónde se dirigen, caminando de un lado para otro. Nadie se fija en los demás. Todos parecen estar con quien quieren estar, sonriendo, hablando, disfrutando… Todos menos yo.

Aún no ha llegado, pero para mí es como si siempre hubiera estado ahí. La sentía a mi lado cuando sucedían cosas buenas y todavía más cuando eran malas. Recuerdo aquellos momentos, observando por la ventana, intentando alcanzar el horizonte. Deseaba que en cualquier momento apareciera caminando por entre las calles. Pero era muy difícil. La distancia mata tus ilusiones, incluso antes de vivirlas.

En esta época del año el sol es intenso, pero vuela bajo. En cuanto te descuidas tienes que apartar la vista para no cegarte. Parpadeo para recuperar la nitidez y los minutos se detienen. Es ella, después de tanto tiempo. Sus cabellos rubios brillan como nunca lo habían hecho y por fin puedo abrir los ojos sin preocuparme. Observo por un instante su silueta. Es hermosa. Mi corazón se ha vuelto loco de repente y mi pulso tiembla como si volviese a ser un adolescente. Me acerco a ella sin dudarlo y le sujeto la mano con fuerza.

“Nunca más volveré a soltarte.”

Ella sonríe.

“Me parece muy bonito, pero suéltame ya, ¿vale?”

Se escurre entre mis dedos y sigue caminando. En ese instante me doy cuenta de que no la conozco. ¿Por qué mi mente juega así conmigo? ¿Cuánto tiempo llevo esperando? ¿Aparecerá algún día? ¿Realmente existe?