domingo, 11 de marzo de 2012

Dentro del armario

La cantidad de agua que sale de la ducha se convierte en el eco de un pobre goteo intermitente. La habitación contigua es espaciosa y acogedora: moqueta de color suave; cama de tamaño queen size de sábanas blancas alborotadas; mesitas de noche a cada lado, sobre los que descansan un moderno equipo de sonido y el mando a distancia del televisor digital de pantalla plana colgado sobre la pared de enfrente; un escritorio situado en frente del amplio ventanal y un largo armario de dos puertas fabricado en madera oscura barnizada.

Hoy es un día como cualquier otro.

Sale del baño con naturalidad. Viste unos zapatos oscuros, pantalones de traje de color azul marino con delgadas líneas verticales más apagadas, y una camisa azul pastel de tono suave con cuello rígido. A veces los detalles pasan desapercibidos. Pero siempre son importantes.

Si hoy consigue cerrar el trato con los directivos se habrá ganado una cuantiosa comisión.

Abre el armario de par en par y clava la mirada en su reflejo sobre el alto espejo que cuelga del interior de una de ellas. Su apariencia es impecable. Ningún elemento, por pequeño que sea, está así por azar.

 “Así es como debe de ser.”

Sin perderse de vista, alcanza una de las corbatas que penden de una de las innumerables perchas. Levanta el cuello de la camisa y comienza con el nudo. Nada puede interrumpir este ritual. Ni siquiera la joven que está atada de pies y brazos sobre una silla, amordazada con un pañuelo retorcido de marca, y escondida entre chaquetas.

Tiene magulladuras, arañazos y contusiones por todo el cuerpo. Sus lágrimas han empañado el rímel y lo han mezclado con la sangre seca de su nuevo maquillaje. Se revuelve y se agita con terror puro inyectado en sus pupilas. Trata de moverse, pero no lo consigue. Trata de gritar, pero casi no puede escuchar su propio llanto. Un instante de rabia después se da por vencida. Trata de morir, pero no basta con pensarlo.

El cuello de la camisa desciende y el nudo se ajusta. Estira el brazo y se hace con la chaqueta que es pareja de aquellos pantalones. Observa su reflejo con la americana superpuesta frente a su torso. Es la adecuada. Sin desviar la mirada, extrae la percha de su interior y la arroja con desgana contra la joven. Le agrada verse con ella puesta.

Cierra el armario, coge el maletín y las llaves del coche. Abandona el edificio con tranquilidad y sin mirar atrás. ¿Por qué iba a ser de otra manera? Después de todo…

Hoy es un día como cualquier otro.

1 comentario:

Jorge Serrano dijo...
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